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Editorial diciembre 2015

Entre las frases bellas del poeta uruguayo Mario Benedetti hay una que me atrae enormemente: algunas cosas del pasado desaparecieron pero otras abren una brecha al futuro y son las que quiero rescatar. Permitirme por una vez, por ser Navidad, supongo, que el editorial de este fin de año lo escriba en primera persona y en forma de recuerdos personales que también yo, como el soñador de Paso de Toros, quisiera proyectar hacia el futuro.

 

Los años van pasando y se nota en hechos muy agradables y en alguna noticia triste. Los hijos van creciendo e incluso ya dejan el Colegio para empezar su andadura universitaria. Los míos, después de casi veinte años ya no están en el Alfonso XII, tampoco los de mi hermano Domingo. Bueno, no están estudiando, porque por suerte siguen yendo por el Colegio para contribuir en actividades, como catequesis (Tagaste), para ver a sus amigos o para ayudar en las tareas de la Asociación. Y es que los chavales de esta generación se pasan la vida en las galerías, la Lonja y el Bosquecillo, pues entran con tan sólo tres años. Se entiende, por ello, que sus raíces sean muy profundas.

Pero las nuestras, las de sus padres, también serpentean por entre esas mismas piedras. Buena parte de mis mejores amigos han compartido conmigo diez o más años en el Colegio, desde la Primera Comunión hasta la Confirmación, desde los primeros años de Primaria hasta el COU y la Selectividad. Nos han visto por allí padres agustinos tan importantes para nuestra formación como Juanjo (Pitufo), Eusebio, Gabriel, Alfonso, Samuel, Cossío, Eulogio, Licinio, Iván, Modino, Avelino, Agustín Uña y tantos otros, algunos de los cuales ya no están, y profesores como Eutimio, Mely, Conchita, Gregorio, Angelete… Entre ellos muy buenos amigos, entonces y ahora más.

Yo apenas distingo ya entre los años de estudiante y los posteriores, pues no me he despagado todavía del Colegio: primero porque –como tantos otros- pasé al otro lado de la Lonja como alumno primero y como profesor después en la Uni, prolongando y ahondando en el vínculo escurialense. Pero además porque en esos años de juventud colaboré en las obras de teatro (con Eutimio Bullón), porque me casé con una profesora de primaria (en la misma Capilla donde comulgué por primera vez con seis años), porque entre mis amigos hay un puñado de padres agustinos, porque –como he dicho antes- mis dos hijos han estudiado desde pequeños en el Alfonso XII y porque –entre otras actividades- he arbitrado en los partidos de baloncesto de primavera (y en otros cuantos de las competiciones de mis sobrinos y de mis hijos). Y sin duda porque he tenido la fortuna de representar a la Asociación. Una Asociación a la que pertenezco desde que hice COU en 1981 y a cuyas reuniones asisto desde los fastos de 1985, siempre con mi hermano Domingo, profesor de ciencias, antiguo Jefe de Estudios de Secundaria y prácticamente ya una de las piedras del Colegio.

El problema es que el tiempo pasa para lo bueno (que es muchísimo) y también para algunas cosas malas. Mi promoción incluye muchos compañeros, pero desgraciadamente algunos han fallecido, como este año nuestro amigo Eladio (Yayo) Greciano, realmente una buena persona.

No quiero terminar con tristeza, por eso vuelvo a los hijos y a los compañeros, porque algunos hemos tenido la suerte de poder tenerlos en el Colegio estudiando, lo que ha hecho, inevitablemente, que se sucedan en nuestra amistad, esta vez en la siguiente generación. Y es que elegimos el mismo lugar, el mejor lugar, para formar a nuestros hijos.

He tenido la suerte (o el acierto) de buscar para mis aventuras vitales preferentemente a compañeros, antiguos alumnos e incluso ex alumnos míos de los agustinos de San Lorenzo del Escorial, de ambos lados de La Lonja. Ya fuera en las amistades, el deporte, la política, la universidad, la actividad profesional… En cualquier cosa. Y si lo menciono es porque creo –siempre insisto en ello- que los antiguos alumnos debemos confiar los unos en los otros, debemos buscarnos y encontrarnos.

Como compañero vuestro, os pido a todos los que habéis compartido vivencias similares en el Colegio Alfonso XII, que mantengáis su recuerdo, que defendáis su legado, conscientes de que ningún colegio es perfecto porque los seres humanos no podemos serlo, pero es nuestro colegio.

Quiero terminar agradeciendo la ayuda del Colegio para imprimir este boletín y las colaboraciones remitidas por nuestros compañeros, en particular la de nuestro buen amigo Juan Sevillano.

Aprovecho la ocasión, igualmente, para desearos a todos una Feliz Navidad.

José Antonio Perea Unceta

Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos

Real Colegio Alfonso XII

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