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Historias de la Asociación, el Colegio y los Antiguos Alumnos

 

La capilla del colegio

Por: José Antonio Perea Unceta

Decía el P. Vicente Gómez Mier -de muy grato recuerdo- en un libro publicado con ocasión del centenario de nuestro colegio (El Colegio de El Escorial, cien años de reformismo, 1875-1975, Madrid, 1976, pp. 13 y 16) que “la distinción del Colegio de El Escorial viene determinada por dos características objetivas y estructurales. Una característica espacial: El Colegio se halla instalado dentro del histórico Monasterio de El Escorial. Y una característica temporal: para su específica misión actual el Colegio ha nacido en 1875, como un proyecto de educación religiosa en medio de un siglo dominado por el agnosticismo”. Esta perspectiva histórica, añade, “no significa petrificarse en el inmovilismo, ni tampoco induce a sustraer la propia contribución al protagonismo histórico. De hecho, el Colegio de El Escorial ha servido durante los últimos cien años de su existencia a una eficiente tarea reformista. Reformismo, pero sin perder nunca de vista las referencias inmutables -tal, por ejemplo, la esencia religiosa del hombre…”. Aunque el espíritu reformista que impregnó la actividad pedagógica de los padres agustinos en sus primeros años -y también en algunos más recientes- sin duda merece una reflexión específica, nos vamos a centrar -brevemente, como exige esta publicación- en el aspecto religioso y exclusivamente en el valor físico y espiritual para los antiguos alumnos del Real Colegio de Alfonso XII de uno de sus elementos más característicos: la Capilla del Colegio.

En nuestra reunión anual, el último sábado de cada mes de mayo, comenzamos, como no podría ser de otra forma, con una misa en la Capilla establecida desde la constitución de la Asociación de Antiguos Alumnos en 1922 para recordar y rogar por los regios fundadores y patronos del Colegio, por los padres agustinos y profesores y por los antiguos colegiales. Es un momento de unión espiritual entre los padres agustinos que actualmente rigen el Colegio y los más mayores que nos educaron y que amablemente ofician la eucaristía en esta emotiva fecha, y los antiguos alumnos y familiares que asisten a esta convocatoria anual. Pero, sin duda alguna, también lo es de recuerdo íntimo de las muchas vivencias religiosas desarrolladas en este espacio tan singular, exclusivo de quienes hemos sido educados en este centro, por mucho que se sitúe en el monumental Monasterio de El Escorial.

En este lugar, pequeño (apenas 250 m2) y sencillo, incluso difícil de encontrar entre los claustros colegiales para quien no lo ha vivido, hemos celebrado las eucaristías semanales y las fiestas religiosas más señaladas del año con nuestros profesores y compañeros, y también -al menos algunos que hemos tenido ese privilegio- la primera confesión, la primera comunión, la preparación para la confirmación y nuestro matrimonio, en este caso en compañía también de familiares y amigos. De esta forma, la Capilla se ha convertido -me atrevo a decir- en la base y en el eje espiritual de nuestra religiosidad, ese lugar inolvidable e inseparable de nuestro corazón, por ser el primero y el que más honda huella ha dejado en nuestra alma. Cada uno expresará de una forma propia este sentimiento tan íntimo, esta forma personal de andar los primeros pasos hacia el Señor y nuestra Madre.

Cientos de horas hemos estado rezando en la Capilla y muchas otras hemos estado observando sus elementos materiales, en ocasiones distrayéndonos (no vamos a negarlo) y en otras buscando un significado a sus frescos. 

Debo reconocer que cuando era colegial reconocía el precioso lienzo que preside desde 1927 el altar mayor, la Inmaculada Concepción, pero tan solo tiempo después supe que es una copia de la que hay en el de la Iglesia de la Purísima, del Convento de las Agustinas de Salamanca, obra del maestro José de Rivera (1635), a cuya derecha en el altar salamantino hay por cierto un San Agustín atribuido a Rubens. Todos hemos sentido, igualmente, la presencia del Cristo de bronce de Bernini, instalado en el fondo -y entrada- de nuestra Capilla en aquella fecha, y que he sabido que se trajo de tierras italianas por la Reina Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV y madre de Carlos II, regalo del Papa Inocencio X (el del famoso retrato de Velázquez).

Más desconocidos son los frescos de las bóvedas y paredes. Como explica el P. Maurino Alonso Cantarino en Nuestro Colegio, estudio histórico-descriptivo (San Lorenzo del Escorial, 1945, pp. 76-80), todos ellos fueron pintados por Adelaido Polo, pintor y restaurador de la Real Casa, según diseño del P. Antonio María Tonna-Barthet en 1909. Representan a Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna a los pobres y San Juan de Sahagún en el milagro del Pozo Amarillo (a ambos lados del lienzo de la Virgen), y escenas agustinianas como San Agustín disputando con los donatistas, Fundación de la Orden Agustiniana, Conversión y bautismo de San Agustín y Muerte de Santa Mónica, y de las Sagradas Escrituras, como la Asunción, Bautismo de Jesús, Huida a Egipto, Jesús entre los doctores y Dejad que los niños se acerquen a mí. Una parte de los frescos fue restaurada por el P. Teófilo Galende, recordado profesor de Dibujo del Colegio, en 1974; del año siguiente es el viacrucis de la Capilla.

Volveremos a rodearnos de estos frescos y de las imágenes de Cristo y de nuestra Madre en cuanto nos sea posible para rezar por nuestros antiguos compañeros y profesores -como Mely Cobo- y por los familiares fallecidos en estos meses de pandemia. 

Repasando estas fuentes históricas he encontrado la máxima que se recitaba en todos los actos solemnes de nuestro Colegio desde su fundación, y que usaré como conclusión (prestada) para este breve recuerdo y homenaje a nuestra Capilla: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus caritas. Especialmente necesario en estos tiempos difíciles. Mis mejores deseos a todos.

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