Recuerdos: Luis Alfonso de Molina

25 de mayo de 2014

Escrito por Ángel González Sánchez

¿Te acuerdas, Luis, del Colegio Alfonso XII? Preparamos el ingreso para el bachillerato durante el curso 53-54 del siglo pasado. En ese año teníamos como profesor único, al padre Silverio. ¡Qué borroso está el almacén de la memoria, todo cubierto de polvo y telarañas!, porque, ahora me doy cuenta de que estoy viendo, en el recuerdo, una clase en que Fray Miguel nos hace leer y comentar unos párrafos del Quijote. Sin embargo, yo tenía idea de que Fray Miguel llevó el curso de ingreso siguiente al nuestro. ¡En fin! No tengo apuntes, ni datos. Sólo mi frágil memoria, que será enmendada por algún compañero que la tenga más fiel.  Ya no me acuerdo si coincidimos en ese año como compañeros de pupitre, o fue en primero o segundo.  Aunque ahora que recuerdo, en segundo yo estaba con Arredonda y delante estaba Camps. ¿Te acuerdas? Quizás tú y yo coincidimos en segundo.

¿Te acuerdas que nos hicimos muy amigos y que nos queríamos como hermanos? ¿Te acuerdas que, a veces me pasabas uno de tus cuadernos cuadriculados para mis deberes y ejercicios, cuando yo no tenía? ¿Te acuerdas cuando me contabas que tu padre era médico y ejercía en Villaviciosa de Odón, donde además actuaba de alcalde? ¡Qué tiempos aquellos en que la política era una actividad de voluntariado! Gratuita y seria. Teníais la casa familiar en la calle Benito Gutiérrez de Madrid. Pero sólo ibais durante las vacaciones. Por esto tú estabas de interno en El Escorial. ¿Te acuerdas que nos ayudábamos en los problemas de matemáticas, cuando uno de los dos había entendido algo más que el otro?

Recuerdo que tenías un habla un poco especial, como si en el sonido de la “z” te saliera el de la “f”. Pero eras todo bondad y todo corazón.

¿Te acuerdas cuando, por los Santos, me venías contando que tu padre te había llevado a ver El Tenorio y me referías el contenido y algunos versos, casi al pie de la letra? Era costumbre que teníais, como muchos madrileños de esa época, de ver esa obra por noviembre.

¿Te acuerdas cuando, en el examen de reválida de cuarto, estabas detrás de mí en el Cardenal Cisneros y, en algún paso del examen de matemáticas, me avisaba de que yo estaba cometiendo un error. Y yo, tan seguro estaba de lo que hacía, que no te presté atención?  Luego, ya fuera del aula, lo repasamos y comprobé que tú tenías razón. ¡Cuántas veces me ha pasado y me pasa esto de estar seguro de algo, con certeza matemática, para luego comprobar que no es verdad. Sólo me consuelan los versos de Machado: “en mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad”.

Eras un gran aficionado al futbol. Te gustaba jugar y ver jugar.  Yo he sido siempre un negado para la pelota, y nunca he tenido afición alguna para ver, ni en el campo, ni en imágenes, como se juega. Sí es cierto que participaba en aquellos partidos de la galería, en que seis o siete, contra seis o siete, dábamos unos patadones a la pelota que asustaban al miedo. Pero me reconozco un caso raro, en esto del deporte. He hecho verdaderos esfuerzos por coger el vicio de fumar y el de ver futbol, para poder estar socializado, pero me ha sido imposible en ambos casos.

¿Recuerdas, Luis, que me intentabas catequizar para la afición al futbol? Que si era un deporte perfecto, que si el balón tenía forma de esfera, que geométricamente era el cuerpo perfecto, que si patatín… que si patatán… Pero nada; he llegado a la vejez, absolutamente ateo de futbol. No le veo la gracia, ni la virtud. Debo de estar ciego. ¡Cuánto dinero hubiera yo dado porque me gustara el futbol!

¿Te acuerdas que no estudiaste en el Colegio los cursos quinto y siguientes porque ya tu padre tenía su trabajo en Madrid y podías ir al instituto? Sin embargo nos seguimos viendo después en la ciudad. Por ejemplo, ¿te acuerdas cuando yo tenía que examinarme de gimnasia para las milicias universitarias y no era capaz de saltar el potro? Se me daba bien la carrera de cien metros,  y subir la cuerda a pulso, pero el salto del potro me infundía pavor y me frenaba en seco, como caballo ante el abismo. Yo tendría veintidós años y cursaba segundo de Aparejadores.  Tú me ayudaste para que tu padre me redactara un informe médico sobre un dolor de esguince o similar en la mano, y poder retrasar unos días la prueba del salto. Como tu padre era muy estricto, me enseñaste a simular los dolores del dedo pulgar.

¿Te acuerdas de cuando me invitaste a comer en tu casa? Ya no recuerdo la edad. No sé si pasábamos de los quince. Allí estaban tus hermanos menores que tú, en algunos años. ¿Te acuerdas que me contabas que tus padres querían que tú fueras hijo único, y que después pensaron en tener otros, por si a ti te pasaba algo? ¡Qué premonición!

¿Te acuerdas que un verano, allá por los catorce o quince años, me invitaste a pasar unos días en Villaviciosa, en las fiestas del pueblo. Para mí era nueva emoción la estancia como veraneante en un lugar, no muy lejos del mío, acostumbrado a ser, en el Escorial, uno de los naturales del sitio. Descubrí otro mundo, otro cielo, otras risas, otros juegos. Y una cosa importante: que podían existir pueblos sin pinares ni monte.

¿Te acuerdas cuando nos encontramos en Cuatro Caminos? Tú preparaba el ingreso para la Escuela de Ingenieros de Minas, en la calle Islas Filipinas, entonces. Eras enamoradizo y algo más precoz que yo (bueno, mucho más precoz). Estabas en la salida del metro,  aquella con barandilla de piedra de granito pulido, que estaba en el encuentro con Reina Victoria (no sé si sigue existiendo). ¿Te acuerdas que me dijiste que habías quedado con una   “niña” (entonces, los chicos bien de Madrid decían “salgo con una niña”, cuando cortejaban a las chicas).

¿Te acuerdas que nos encontramos un día por la calle en Argüelles y me dijiste que te casabas? Me dijiste la iglesia, que ya no recuerdo, y yo fui a verte. Creo que fue una boda discreta. Andábamos por los veinte años. Quizás algo menos.

¡Qué lejos queda todo, cuando se mira desde estas nubes situadas a setenta y un años de altura!

Te perdí de vista. Me enfrasqué en mi carrera, y tú en la tuya, y tiempo después, ya hace muchos años, oí decir a alguien, creo que a algún ingeniero de minas, que conocí casualmente, posiblemente en Oviedo (¿o en Madrid?), que habías tenido un accidente de coche.

La vida nos ha ido devorando y no nos ha dejado tiempo para cuidar la amistad.  Ese tiempo tan abundante que teníamos de niños y adolescentes, se nos vuelve escaso cuando llegan los treinta años, el trabajo, los hijos, las preocupaciones. Pero ahora, llegada la jubilación y el tiempo de los recuerdos, vuelven a nosotros los momentos del colegio, como esas restos de naufragio que el mar devuelve, años después, a la costa.

Donde estés, Luis, en este mundo o en el otro, recibe un fuerte abrazo.

Asociación de Antiguos Alumnos del

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