Allí en la lonja

25 de diciembre de 2014

Escrito por Julián Cebrián

Allí, en la Lonja, vivimos acontecimientos importantes de la época e incluso el rodaje de grandes películas.

Me he referido en varias ocasiones a El Escorial y hoy quiero hablar de los tiempos, ya lejanos, en que llegué a ese sitio, más que nada por recordar lo diferentes que eran. Corría  el año 1952 cuando, allá en Extremadura, mi familia se planteó la necesidad de llevarme a algún colegio donde estudiar el bachillerato. Mi padre era partidario de buscarlo fuera de nuestra tierra  porque la oferta de colegios en régimen  de internado  era muy escasa; también, con buen criterio, creyó conveniente que me acostumbrase a vivir fuera de casa, algo que no compartía mi madre por considerarme aún muy pequeño. Pero entonces, todavía, mandaban los padres y el mío más, así que tras pedir información en  varios colegios decidió que el sitio ideal era el Colegio de Alfonso XII, regentado por los frailes Agustinos, en El Escorial, dentro del mismo Monasterio.

Dicho y hecho, se reservó la plaza para cursar el Ingreso y mi madre comenzó a marcarme la ropa con el número que me habían asignado. Aquel verano, por las noches,  sentados a la   puerta de     nuestra casa, después de cenar – costumbre muy típica, entonces, en los pueblos de regiones calurosas, así como porque todavía  no había televisión en España y se hablaba más-  mi padre me contaba cosas de Felipe II, de la grandeza de sus reinos, de las dos mil y pico de ventanas que tenía el Monasterio, de San Agustín y su Orden y de la suerte que iba a tener yo de estudiar en un sitio como ese. Y así, poco a poco, como en la fábula, se pasó el verano y llegó el mes de Octubre y a primeros llegamos a El Escorial. Mi primera visión del Monasterio, desde la lejanía, me asustó un poco; era inmenso, mucho más grande que nuestro Monasterio de Guadalupe, el único que yo conocía. Cuando llegamos a la Lonja (esa gran explanada situada frente a las fachadas del Monasterio) empezó a encogérseme el corazón; hasta ese momento no me había planteado que yo tenía que quedarme allí solo y que mis padres se irían. ¿Que pintaba yo tan lejos de mi pueblo y sin conocer a nadie? Así se lo hice saber, respetuosamente, a mi padre que no me hizo ni caso. Ya dentro del Colegio y tras la presentación de rigor nos llevaron a un dormitorio enorme (allí todo era grande) donde mi madre me deshizo la maleta. Las camas estaban aparcadas unas junto a otras, en batería, con una silla pequeña y una mesilla con un orinal.

La despedida fue de sainete, a la puerta del Colegio, en compañía de un fraile agustino y  del portero: Mi madre llorando y yo también, agarrado a ella, sin que el cura, el portero y mi padre lograran que la soltara; así fuimos, dando tumbos y tirones,  hasta la misma esquina de la fachada principal del Monasterio  donde mi padre, harto ya de tanta monserga, me cogió de una oreja y me entregó a mis carceleros. 

Bueno, de todo aquello han pasado ya más de cincuenta años ¡ Dios mío ! casi una vida. Mi permanencia en San Lorenzo fue  más larga y fructífera de lo que en aquellos tristes momentos de mi infancia hubiera podido imaginar, por eso ahora quiero referirme a algunos de mis recuerdos, esa especie de  poso que queda de las cosas vividas cuando ya están casi borradas, dentro de las limitaciones que impone el olvido y del espacio que me concede La Nueva España.  

En aquellos primeros años de estancia en el Colegio teníamos los recreos en la Lonja y son muy gratos los recuerdos que guardo de ella: La contemplación del Monasterio, el ir y venir de los turistas en  aquellos grandes coches americanos, llamados “aigas” ( todavía no existían los Seat ), nuestros primeros e inocentes contactos con chicas y sobre todo la facilidad para escaparse al pueblo. Todo aquello nos daba una especial sensación de libertad, impropia de un internado.       

Allí, en la Lonja vivimos acontecimientos importantes de la época como eran las numerosas visitas de jefes de estado extranjeros al Monasterio, y sobre todo las que hacía dos veces al año el General Franco con ocasión de los funerales de José Antonio Primo de Rivera (enterrado allí hasta su traslado al Valle de los Caídos) y de los Reyes de España, rodeadas de un aparato de seguridad impresionante, en las que éramos espectadores de primera línea, porque a los alumnos  del Colegio siempre nos colocaban en dos filas entre las que pasaba, a menos de un metro, Franco y su Gobierno para acceder a la Basílica.        

Recuerdo, también en la Lonja, el rodaje de algunas películas y sobre todo de aquella titulada “Orgullo y Pasión” (que aún no he logrado ver), durante todo el mes de Mayo de 1956 y cuyo argumento se desarrollaba durante la Guerra de la Independencia española, con unos enormes cañones de cartón, en la que trabajaron como extras medio Pueblo y medio Colegio. Estaba dirigida por Stanley Kramer e interpretada, nada menos, que por Cary Grant, Sofia Loren y Frank Sinatra, a los que teníamos aburridos con los autógrafos; yo tenía entonces unos doce años y era un especialista en conseguirlos, a pesar de lo difícil que era acercarse a ellos; después los cambiaba  por cromos, hasta que en una ocasión Frank Sinatra, que ya me tendría fichado, me señaló con el dedo y dijo:“¡Tu boy  malo! “ y no me lo dió.   

En fin, eran tiempos más sencillos y aunque había pocas cosas no lo pasábamos mal; no entiendo como pudimos sobrevivir sin televisión, móviles, internét, depresiones, frustraciones y otras cosas.  

Allí pasé una parte importante de mi vida, en un sitio al que llegué llorando y del que  cuando me fui también lo hice llorando. 

(Publicado en La Nueva España, de Oviedo)

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