Tipo raro

25 de diciembre de 2013

Escrito por José María Fernández Santos

Cuento. Cuento. Cuento. La vida es un puro cuento. Cuento triste, cuento feliz, pero cuento al fin. Como el que propongo aquí. Aunque, bien mirado, ¿por qué no interpretarlo como una historia real? La de un amigo nada convencional. ¿Por su sentido de la amistad?, ¿Por su fidelidad?, ¿Por sus rectos principios morales y éticos que son una guía para los demás? Pues no. Por su forma poco común, de ser y de sentir. Por, digamos, su excentricidad.

Me explicaré. A este amigo mío, entre otras cosas, le importa un bledo Fernando Alonso y la Fórmula 1, no ve los partidos de la NBA ni los programas basura de la televisión; no ha viajado jamás, ni tiene intención de hacerlo, a Tailandia, Cancún o Nueva York; no ha hecho un crucero vacacional, no lee ese best-seller que se muestra en los escaparates de las librerías de la ciudad. Tipo raro donde los haya, ¿no? A bote pronto diríamos de él todas las muletillas al uso, verbigracia, que no es un hombre de su tiempo, que se trata de un inadaptado, que no está integrado en la sociedad. Diríamos eso y, bla, bla, bla, también algo más y, sin embargo, andaríamos errados, porque ninguna de esas opiniones cuadran con la verdad. Mi amigo, aunque a primera vista no lo parezca, en el fondo es un hombre normal. Simplemente es muy suyo, quizás, en su fuero interno algo rebelde, pero nada más. Eso lo sabe bien su familia, que, aunque no siempre le comprende, le adora. Piensan de él que es solo un refractario a la uniformidad, a las costumbres en boga, no la oveja negra del rebaño social.

Esto último, a lo sumo lo piensan sus amigos, los que, los fines de semana, a la salida del trabajo, -que algunos lo conservan-, se reúnen con él en el bar, a trasegar unas cervezas, descargar el estrés semanal, echar la quiniela, despotricar de política, de fútbol, del último desmán arbitral. Lo piensan, bueno, aunque no todos. La mayoría, en fin,  lo ven tal como es o como aparenta ser, probo, idealista, parco en palabras, flemático, austero. No tienen mal concepto de él -alguno, incluso, lo cree inteligente-, únicamente le miran un poco por encima del hombro, le compadecen. Mi amigo se percata de ello, pero no se inmuta. Se siente a gusto con su forma de ser, feliz a su manera, aunque no se le escapa que sus actitudes puedan, en ocasiones, irritar a otros, que nada un poco a contracorriente. Eso se manifiesta, por ejemplo, cuando, en la conversación, que gira en torno a temas balompédicos, sin preocuparse de si es correcto o no, dice, refiriéndose a un club de fútbol, Milán, con acento en la a y no Mílan, con acento en la i; cuando se muere de risa ante la locutora de televisión que ora no concuerda los tiempos de los verbos, ora únicamente se expresa con el presente de indicativo, ora, dándoselas de políglota casera, fuerza el acento, que, tal vez, no sea el suyo, para decir O-u-ren-se, Yi-ro-na y cosas así. Y es que mi amigo es algo maníaco del lenguaje, sobre todo desde que leyera a Lázaro Carreter. Los que le tratan, llegado el caso, ante esta pose, acaban por mirarle como a un extraterrestre, un hereje, como el transgresor de unos usos, de un orden, universalmente admitidos. Su mujer, Martina, que es una santa, a veces, aunque pasajeramente, también se incomoda; al igual que su hija Vanessa Sofía, bilingüe a la violeta, que disfruta de una beca Erasmus, lejos de la tutela paterna, en el país de Hamlet. Respecto a su otro vástago, Iker Manuel, pasa por completo de temas sintácticos dedicado como está, con un vocabulario sucinto, aberrante, en cuerpo y alma, al culto de las nuevas tecnologías y a la conquista de una guapa aspirante a funcionaria de la Municipalidad.

Mi amigo aunque anda lejos de los sesenta y cinco, no desea jubilarse a esa edad; sueña con continuar activo hasta los setenta, – nos ha salido estajanovista-, a no  ser que se oponga el sindicato o la empresa donde presta sus servicios de jefe del departamento comercial; no ambiciona cargo público alguno, ni siquiera el de presidente de la comunidad de vecinos del edificio en que habita; mucho menos a rubricar su buena posición social  con la adquisición de un vehículo de alta gama; no anhela,-mesetario insobornable-, adquirir un apartamento en la playa, para aliviar la canícula estival. Entonces, -le digo-, ¿qué pretendes?; ¿con qué sacias tu sed de bienestar?; ¿Porque no me vas a hacer creer- le conozco, sé cómo, furtivamente, mira a las chicas en hot pant- que tu verdadera vocación, a estas alturas, sea el ascetismo monacal?

Le espeté esas preguntas mientras caminábamos, en hora crepuscular, entre dos luces, en ese momento mágico, lleno de indefiniciones, por una calle principal en la que el invierno, recién estrenado, con olor a Navidad, pugnaba por dejar su fría tarjeta de visita aquí y allá.

Por toda respuesta, bajó los ojos; con parsimonia sacó de un bolsillo una cajetilla de tabaco rubio. Encendió un cigarrillo mi amigo es un fumador empedernido, que hace caso omiso de las campañas antitabaco, a las que califica sin reparos, de terroristas-, aspiró, exhaló una, dos, tres bocanadas de humo azulado, que en pocos segundos se diluyeron en el aire invernal. Temí que fuera a endilgarme un discurso, cuyo argumento principal se fundamentara en el panegírico de esos individuos singulares, que, con visión certera de las cosas, fe en sí mismos, valentía, apartándose de caminos trillados, con su ejemplo y contra viento y marea, en ocasiones, a lo largo de la Historia, habían tratado, no siempre con éxito, de enderezar el torcido rumbo de la Humanidad. Pero no fue así.

Se colgó de mi brazo. Tomamos asiento en un banco a orillas del flujo peatonal. Allí, luego de una pausa, me miró resueltamente a la cara, pasó su mano por su cráneo alopécico, como para embridar una idea, se subió las solapas del abrigo,  ajustóse sus gafas de gruesos cristales, acaricióse la florida barba;  finalmente, con cierto tono paternal rompió su silencio para afirmar:

-Es muy sencillo.

Y ahí se plantó. No pudo o no quiso continuar. Ajeno al tráfago callejero, a la temperatura ambiente, que bajaba en picado, al correr del tiempo, se ensimismó. Al cabo de un rato, reanimóse por obra y gracia del  tañido de la campana de una iglesia próxima que llamaba a Misa, o, tal vez, por el encendido súbito del alumbrado multicolor, que, por esas fechas, como de costumbre, engalanaba los rincones de la ciudad. Movió la cabeza a un lado y otro, seguramente para aventar complejos pensamientos y en respuesta a mis interrogantes, añadió:

-¿Lo has comprendido?

Respondí que sí para no contrariarle y entonces una sonrisa, entre compasiva y triunfal, afloró a sus labios. Duró lo que  un instante. Después, sin más, ejecutó un gesto semejante a un saludo; se levantó, dio media vuelta y con apresurado paso, entre los viandantes, desapareció.

Confuso, boquiabierto, tardé en reaccionar. Cuando lo hice, pensé que, en efecto, tal vez, en el fondo todo es muy sencillo. Todo es sencillo, me dije, sí, como respirar. Todo se comprende si sabemos estar en nuestro lugar, si no claudicamos ante lo banal, la vulgaridad; si no idolatramos, -miré los escaparates rutilantes, plenos de parafernalia navideña, colmados de atractivas mercaderías-, los bienes superabundantes de nuestro,- todavía-, paraíso occidental;  si no exigimos a la vida mucho más de lo que humanamente solicita nuestra necesidad. ¿No era en eso, precisamente, en donde antiguos filósofos, cifraban la felicidad? ¿Y si añadimos, como nuevo principio o mandamiento superior, el amor a los demás?  Mi amigo, concluí, es raro, sí, pero, en  tiempos de confusión como los  que vivimos parece tener las ideas claras. No es poca cosa, ¿verdad?

No es poca cosa, -me dijo mi costilla cuando volví a casa, mojado de pies a cabeza por el aguanieve que había comenzado a caer-, pero déjate de moralinas, ya conoces a ese; el mundo, por desgracia es como es, y poco podéis hacer para arreglarlo personas como tú o como él; vuelve a la realidad, vamos a cenar.

Y. en efecto, tras esa lección de pragmatismo cené, pero sin apetito,  mientras miraba de cuando en cuando al abeto del salón, cubierto de guirnaldas y de esferas brillantes,  las figurillas del Nacimiento, dispuestas junto a él, a cuyo significado, como tabla de salvación,  me aferré.

Feliz Navidad y Próspero y dichoso 2.014, a todos vosotros y a vuestras familias os deseo, amigos, compañeros, antiguos colegiales.

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